Hola a todos de nuevo.

Seguimos con nuestra selección de preguntas para Benedicto (más bien para su jefe) y la siguiente viene de un pueblo de Albacete y la manda Manolo Pajín:

¿Por qué es pecado la masturbación? Vale, el sexo es para reproducirse y la vida es vida desde que hay espermatozoides, correcto. Pero entonces todos aquellos millones de espermatozoides que generamos y no usamos son asesinatos ¿no? Luego es necesario usarlos todos a tope, pero también me ponéis trabas para follar. No sé, estoy confuso, me voy al baño.

Esta batería de preguntas nos la manda Jorge Javier Esteban, desde los estudios de Telecinco:

¿Por qué hay que confesarse a un cura? Si Dios está en todos los lados ¿para qué queremos intermediarios? ¿Es que les gusta porner la orejilla y enterarse de las miserias de cada uno o qué? Ya sé que hay secreto de confesión, pero ¿está a la venta? ¿Podríamos poner micrófonos en los confesionarios? ¿Y anunciar sartenes mientras la confesión? Dios mío qué de preguntas, Dios mío Sálvame…

Pregunta ahora Antonia de Latex y Vitorino:

¿Por qué es pecado usar condón? Vale, va en contra de creced y multiplicaros, pero un poquito de por favor, que hay gente que pilla cosas por ahí. Si mi marido es un golfo (se han dado casos) y se contagia de alguna enfermedad, ¿Tengo que sacrificarme con la abstinencia por su pecado? ¿Debo asumir el contagio como penitencia (junto con los cuernos)?

Curiosamente para esta pregunta hemos recibido una respuesta en forma de vídeo por parte de una de nuestras lectoras, Santa María del Mothy:

Interesante documento.

La última pregunta la manda el Padre Apelas desde la sauna Apolo’s

¿Por qué los curas no se pueden casar? Yo creo que el amor a Dios se puede compartir con el amor al ser humano encarnado en efebo sudoroso ¿o no? O es que esto del sacerdocio es como casarse con Dios. Si es así le voy a pedir mi derecho a la consumación del matrimonio. Seguro que es una experiencia di-vi-na.

Y esto es todo amigos… por ahora

Publicado por Call me Ishmael

Call me Ishmael. Some years ago - never mind how long precisely - having little or no money in my purse, and nothing particular to interest me on shore, I thought I would sail about a little and see the watery part of the world. It is a way I have of driving off the spleen, and regulating the circulation. Whenever I find myself growing grim about the mouth; whenever it is a damp, drizzly November in my soul; whenever I find myself involuntarily pausing before coffin warehouses, and bringing up the rear of every funeral I meet; and especially whenever my hypos get such an upper hand of me, that it requires a strong moral principle to prevent me from deliberately stepping into the street, and methodically knocking people's hats off - then, I account it high time to get to sea as soon as I can. This is my substitute for pistol and ball. With a philosophical flourish Cato throws himself upon his sword; I quietly take to the ship. There is nothing surprising in this. If they but knew it, almost all men in their degree, some time or other, cherish very nearly the same feelings towards the ocean with me.

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